Origen de nuestra Semana Santa

La Semana Santa es una celebración anual en la mayor¡a de las localidades españolas, tradición con más de cinco siglos. Imágenes de tamaño natural de Jesús, la Virgen y escenas de la Pasión, son llevadas en procesión a través de la ciudad sobre pasos que son magníficamente adornados, con una escolta de largas filas de penitentes encapuchados. Ya en tiempos de los apóstoles, en Jerusalén, los Jueves y Viernes Santos, había ritos especiales; en el siglo III era ya celebrada toda la Semana Santa; y en el siglo VII una monja gallega que peregrina a los Santos Lugares (Eghería) narra en su diario de viaje los interesantes y preciosos Santos Oficios que presenció durante su estancia en Jerusalén en la ya denominada “Semana Mayor”.

Al principio de la Baja Edad Media, el pueblo cristiano sentía una verdadera preocupación por dar a conocer y difundir los testimonios evangélicos, y para ello, entre otros, consideraban como medio más adecuado la interpolación dentro de las celebraciones litúrgicas de unas pequeñas representaciones escénicas con personajes interpretados por eclesiásticos. A estos actos se les unieron más tarde coros angélicos interpretados por seglares que terminaron por convertirse en los polémicos “mimos” dando un sentido un tanto humorístico (como en el caso de las tribulaciones de San Pedro al ser desmentido por el canto reiterado del gallo). Ello provocó tales protestas entre los círculos eclesiásticos, que las representaciones litúrgicas fueron duramente censuradas y finalmente prohibidas en el interior de los templos por el Papa Inocencio III.

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Estas actuaciones fueron llamadas “juegos de escarnios” en la Península Ibérica, y fueron de las primeras en ser férreamente vigiladas y posteriormente prohibidas (hay muchas alusiones a este hecho en el Código de las Siete Partidas de Alfonso X). Entonces surgieron agrupaciones de fieles y gremios dedicados a ensayar e interpretar escenas de la Pasión en las plazas cercanas a los templos. Por lo que a la nación española se refiere, en opinión de A. D. Deyermond, en su libro “Historia de la Literatura Española”, la Semana Santa era, en la Edad Media, el punto central del año, eclipsando a la Navidad.

En 1264 se fundó en Roma la Cofradía de los Gonfalones (es una de las primeras de las que se tiene conocimiento, aunque posiblemente haya otras anteriores). Sus miembros representaban la Pasión de Cristo y desfilaban flagelándose. El origen de esta Cofradía estuvo en el movimiento franciscano que promulgaba la caridad, la penitencia popular y la escenificación de la Pasión, como redención de la humanidad. Los siglos posteriores son momento de crecimiento para las ciudades y su trasiego económico. Por ello numerosos comerciantes, artesanos y mercaderes se organizan en gremios para defender sus intereses materiales, y, a la vez, se ponen bajo la protección espiritual de Cristo, la Virgen, o de algún Santo. Entre 1200 y 1400 aparecen cofradías entodo el continente pero sobre todo en Francia, Inglaterra, Italia, Países Bajos, Alemania, Polonia, y ¿cómo no? en los reinos cristianos de la Península Ibérica (Portugal, Castilla, Aragón y Navarra).

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Las devastadoras epidemias de peste que asolaban Europa alrededor del siglo XV fueron motivación suficiente para que miles de desesperadas personas se unieran a las cofradías que rogaban incesablemente y en procesión por la salvación colectiva. Pero el Pontificado de Avignon no tardó en perseguir también tales manifestaciones por sus espectaculares y exageradas mortificaciones. Esto originó el nacimiento de los penitentes que actualmente conocemos, pues las personas verdaderamente conmovidas por el sufrimiento de Jesús y deseosas de mantenerse dentro de lo permitido por la Iglesia, empezaron a organizar cultos con salidas procesionales, con muy leve mortificación. Otros preferían cargar cruces (los empalados eran atados de brazos a un grueso madero y los aspados a una cruz) y otros portaban cirios o velas para alumbrar el camino, originando los llamados “hermanos de luz”, necesarios porque se procesionaba de noche.

Para evitar la exhibición pública personal de quien se flagelaba, los cofrades idearon un ropaje amplio (cubría de cuello a piés y tenía anchas mangas), basto y uniforme (la hopa o sayal), y ocultar la cabeza y el rostro con el capuz (del italiano “capuccio”) o caperuza (al estilo de verdugos y de portadores de ataúdes en entierros de altas gentes). Estas vestiduras eran de un tejido burdo, de baja calidad. Eran blancas excepto para los hermanos de luz, lo que permitió que cada cofradía eligiese sus colores distintivos y simbólicos, predominando el negro y morado.

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Las cofradías sevillanas de San Juan de Letrán y de la Hiniesta fueron las primeras en presentar un caperuz largo y alzado sobre la cabeza, mediante un artilugio compuesto de alambres, posteriormente sustituido por cartón, costumbre que, aunque tardó varios siglos, ha quedado implantada en casi todas las cofradías. Ejemplo de esta tardanza es Málaga donde el capirote largo cónico empezó a generalizarse hacia 1895. Resultaría imposible establecer el número de cofradías existentes en España en el siglo XV, pero se sabe con certeza que, sólo en Sevilla, había más de 100.

Es a partir del siglo XVI cuando, a la celebración en pueblos y aldeas de los Oficios Sagrados, le surgen como manifestación externa de fé la salida de imágenes pasionales por las calles, encargadas por las hermandades a prestigiosos imagineros. Los escritos de Alonso Sánchez Gordillo hacen referencia a una procesión de penitencia en Sevilla que cuenta, entre otras cosas, con un estandarte inicial, un Cristo con una cruz a cuestas, y una Virgen con San Juan Evangelista. Las cofradías de baja capacidad económica no podían tener su imagen, y debían conformarse con que un alto eclesiástico portase un gran crucifijo.

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Hasta entonces la cruz de guía aparecía en el centro o al final de la procesión, pero empezó a ser la insignia que precedía la comitiva hasta nuestros días en la mayoría de las procesiones. Alonso Morgado indica en sus estudios que las cofradías sevillanas que él había observado sólo hacían estación de penitencia los Jueves y Viernes Santos hasta 1586, en que empezaron algunas a hacerlo en Miércoles Santo. Posiblemente ocurriese lo mismo en el resto de España.

A finales de este siglo y a principios del XVII surge un nuevo estilo artístico: el barroco. Este movimiento no se caracteriza por su homogeneidad ya que se manifestará de muy diversas formas en los distintos países europeos. En España, el barroco, especialmente en escultura, se definirá por su religiosidad y por su espíritu eminentemente popular. Su estética y sus formas artísticas se asientan en una manera de llegar al pueblo con una aceptación rotunda e identificadora. El dramatismo se hace ahora más acusado, con un realismo que nace de la espiritualidad que se demuestra en gestos y ademanes donde el dolor y la angustia tienen como fin la búsqueda de la emoción. Por ello este arte se manifestará fundamentalmente en imágenes para retablos y pasos procesionales de Semana Santa, surgiendo el Siglo de Oro de la imaginería española. Se utiliza la madera en gran abundancia y con gran policromía, empleándose la técnica del estofado.

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Todo el naturalismo de la expresión se concentra en los rostros que llevan generalmente ojos de cristal y lágrimas para subrayar el dramatismo y el patetismo, acentuados por el empleo de manchas de sangre y de llagas. Los temas más representativos son los de la Pasión, donde abundan los Cristos crucificados y los Cristos yacentes. El tema de la Virgen de la Pasión tiene dos versiones: la Piedad o Quinta Angustia (donde la Virgen sostiene a Jesús muerto en sus brazos) y la Virgen de la Soledad o de los Dolores, sola ante la cruz vacía. Destaca también el tema del Prendimiento y la Oración en el Huerto, además de otros temas de santos y múltiples versiones de Vírgenes y de Cristos. Cabe distinguir dos grupos fundamentales en la escultura barroca española: Castilla (caracterizada por el dramatismo y la nota trágica y sobria, con su nucleo en Valladolid) y Andalucía (preocupada por mostrar sobre todo la melancolía, el misticismo y la belleza, destacando como centros fundamentales Sevilla y Granada); luego se uniría en el s. XVIII Murcia.

Figuras como Gregorio Fernández, Alonso Cano, los Mena, los Mora, Martínez Montañés, los Roldán o Salzillo son los mejores exponentes de este arte popular, infundiéndonos la religiosidad en arquetipos e ideales de belleza extendidos hasta nuestros días, transmitiéndose así el arte al alma de todos nosotros, arte que se hace vida y sentimiento en cada Semana Mayor. Puede que el gusto en las grandes ciudades como Sevilla y Málaga, por los pasos portados por jóvenes, sobre cuyos hombros se apoyan los tronos, derivase de la viveza y el efectismo del barroco. Estos muchachos eran contratados por las cofradías con ocasión de la salida penitencial. Así se obtenía la impresión de una imagen con movimiento humano.

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Carlos III prohibió definitivamente, el 20 de febrero de 1777, la participación de disciplinantes, empalados y aspados, así como de cualquier otro tipo de mortificación sangrienta en desfiles de Semana Santa. Ello era debido a algunos brutales autocastigos corporales, como refleja una crónica de Soto y Aguilar sobre la procesión del Viernes Santo de 1623 en Madrid, con asistencia del Príncipe de Gales (que al parecer quedó horrorizado). Participaron todas las órdenes, excepto los carmelitas, rivalizando en increibles mortificaciones: horripilantes coronas de espinas, sogas y cadenas por el cuello y el cuerpo, flagelantes hiriéndose gravemente con piedras puntiagudas en el pecho, con huesos de muerto en la boca…

A principios del siglo XIX las cofradías sufrieron un durísimo expolio, a veces irreparable, por parte de las tropas napoleónicas, que confiscaron y robaron numerosos enseres e imágenes. Esto provocó años de altibajos y de negativas a realizar estaciones penitenciales por parte de muchas cofradías. El ejército galo no tuvo miramiento, ni siquiera con los archivos de conventos y cofradías, pues los usaban como colchones (quemándolos luego), o hacían cartuchos de pólvora para los fusiles. Es digno de mención el apoyo incondicional, por parte de numerosas cofradías al Estado Español, contra la invasión francesa. Por ejemplo, la malagueña hermandad de Ntro. Padre Jesús de Viñeros decidió, en cabildo extraordinario en presencia de la mayoría de sus hermanos, colaborar entregando al Tesorero del Real Consulado todos sus bienes de plata, para fundirlos en monedas y poder afrontar los cuantiosos gastos de la guerra.

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A mediados del siglo XIX, las cofradías asistieron a un resurgir, algo que se manifestó sobremanera en la evolución de los pasos de palio. Hasta este momento, estos no no llevaban candelería (sólo unos cuantos candelabros ante la Virgen) ni abundantes flores. Entonces dichas flores (aunque aún no se ponían tantas como ahora) pasaron a ser un elemento rompedor de la tristeza y monotonía con que estaban adornados estos pasos. Las bambalinas (rectas hasta entonces) adquieren entradas en forma de abanico, bordados aun más detallistas, caídas de flecos dorados y borlones. Respecto a los penitentes, se empieza a imponer la túnica con capa (conocida en aquella época por “manto”).

Una de las marchas más antiguas que se conocen es ‘Virgen del Valle’, que fue compuesta en 1898 por el músico Vicente Gómez Zarzuela. En 1900, la Esperanza Macarena (Sevilla) estrenó un fantástico manto de malla cuyo estilo ha permanecido hasta nuestros días en la mayoría de las Vírgenes. Se podría decir que, para 1902, los pasos de palio empezaron a ser como los conocemos actualmente. Ello se debe a la confección de un palio para la Hermandad de la Amargura (Sevilla) de terciopelo azul con caídas curvilineas terminadas en punta y escudo frontal cobijado bajo una corona regia. Además, en estos comienzos de siglo, la estaciones penitenciales comienzan a alargar y enrevesar sus recorridos.

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En el Madrid de 1919 Manuel Font y de Antía compuso “Amargura”, una de las marchas de palio más famosas. Como hecho anecdótico, hay que señalar que su nombre original era “Amarguras” pero nuestro acento andaluz eliminó, con el paso del tiempo, la ‘s’. Los tiempos difíciles de las cofradías en este siglo empezaron en los años 30. Muchas cofradías no salían por miedo a anarquistas, anticlericales y “metepatas” que podrían entorpecer al desarrollo normal de la procesión mediante insultos, apedreamientos… En Sevilla (por poner un ejemplo) hubo, incluso, explosivos y disparos contra las imágenes titulares. Además la mayoría de las hermandades estaban emtrampadas y su desaparición parecía cercana. Esta ruina se debía a la retirada de subvenciones por parte de los ayuntamientos, y a la baja de muchos hermanos por miedo a posibles represalias por parte de los alborotadores anticofrades.

En 1931, a poco de proclamarse la República, comenzó el asalto a conventos e iglesias. Entonces las cofradías que reaccionaron a tiempo y disponían de algún escondite, ocultaron sus imágenes sustituyéndolas por otras de valor escaso. Sorpresivamente grupos de incontrolados agredían (a veces salvajemente) a clérigos y a gente estrechamente relacionada con el mundo cofrade. Hasta 1935 hubo contados desfiles procesionales, eso sí, bajo impresionantes medidas de seguridad, lo que no impidió algún que otro alboroto.

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La II República fue otra prueba de fuego para las cofradías españolas. Se cuenta que el cielo de la noche sevillana del 18 de julio de 1936 quedó iluminado por las antorchas en que numerosas iglesias quedaron convertidas. Antes de la quema de muchos templos, los ultrajadores de creencias populares entraban en ellos, se mofaban de las imágenes y les arrancaban los ojos. Mientras los impotentes cofrades enloquecían de dolor y reaccionaban de distintas formas: algunos rompían a llorar en sus casas, viendo por la ventana el humo que inundaba su barrio; otros salían a defender pacíficamente a sus imágenes, pero eran inmediatamente linchados e inmovilizados por la violenta masa; y otros se reunían en la casa de algún otro cofrade para consolarse mutuamente. Hubo ciudades con menor suerte, si cabe; por ejemplo, Málaga lo perdió casi todo irremisiblemente.

Al terminar la guerra y los disturbios (en 1939) las cofradías no tardaron en reorganizarse y proseguir su triunfal camino gracias al excesivo empeño que pusieron los vencedores de la contienda. En 1959, Pedro Gómez Laserna compuso la típica marcha de palio ‘Pasa la Macarena’, en 1967 la magnífica ‘Saeta Sevillana’. El maestro Font Fernández de Herrán montó la marcha ‘Ione’ adaptando la ópera del mismo título; y Manuel Ruiz Vidriet compuso ‘Rocio’, originalmente  dedicada a la Blanca Paloma de Almonte. Posiblemente la Semana Santa debería formar parte, en la actualidad, de los cursos sobre cultura y civilización españolas pues es la muestra fiel de una tradición antigua llena de fuerza y hermosura, y por su interés a varios niveles, como historia del arte y de la cultura, folklore y religión.

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